Adoptar el modelo híbrido fue, para muchas empresas, la respuesta lógica a la pandemia. Pero dos años después, la promesa de "lo mejor de ambos mundos" se convirtió en algo más parecido a lo peor de los dos.
Las reuniones son un caos. La mitad del equipo está en la sala, la otra mitad en pantallas que nadie escucha bien. Hay personas que van a la oficina y no encuentran a nadie con quien trabajar. Si algo de esto te resulta familiar, no estás solo.
Un modelo híbrido bien diseñado requiere definir con intención qué se hace en persona y qué se hace remoto. Sin esa definición, lo que queda es ambigüedad.
La brecha entre la proyección inicial y la ejecución diaria es donde se pierde la eficiencia corporativa:
Falta de criterio: Si la gente elige libremente cuándo ir, termina yendo cuando "tiene ganas", sin un propósito compartido.
Espacio sin rediseño: Se mantiene el layout de antes con puestos individuales, pero ahora la gente va para colaborar.
Reuniones de segunda clase: Quien está remoto tiene peor audio e imagen. La reunión la conduce quien está presente.
Cultura no adaptada: Las decisiones se siguen tomando en pasillos y el reconocimiento es solo para quien está presente.
A pesar de estos desafíos, hay empresas que han logrado que el modelo sea una ventaja competitiva real. Después de analizar el comportamiento en nuestros espacios en 6 países, estas son las características comunes:
Antes de ajustar políticas, cambiar días o invertir en infraestructura, hay una pregunta más básica: ¿para qué queremos que la gente vaya a la oficina?
Si la respuesta es "porque antes se hacía así", el modelo híbrido va a seguir fallando. Pero si la respuesta es clara y está ligada al tipo de trabajo que se hace mejor en persona, hay una base sólida desde donde construir.
En Co-Work LatAm diseñamos espacios flexibles que se adaptan a la forma real en que trabajan los equipos hoy: con tecnología, en ubicaciones estratégicas y con la capacidad de ajustar el uso según cambian las necesidades.
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